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cara y cruz del trabajo en la campaña III

Publicado por revistapostales en Diciembre 21, 2007

“La tierra para quien la ocupa y la trabaja”, exigía la Federación Agraria Argentina en la década del ’20, esa que encontró a los chacareros unidos tras un objetivo común: olvidar los contratos de alquiler para pasar a ser propietarios. La meta a alcanzar conoció varias etapas, aunque quizás la más mentada sea la alianza con la F.O.R.A del IX Congreso para presionar al Estado y obtener la primer ley de arrendamientos, la 11.170, sancionada en 1921 y luego varias veces modificada. Claro que desde los gobiernos nacionales la política agraria estuvo ligada con mayor fuerza a otros intereses.

En este sentido los datos son contundentes. Alguna vez, cinco de los ocho ministros del presidente Hipólito Yrigoyen fueron al mismo tiempo que funcionarios públicos miembros de la sociedad rural y, por ende, grandes ganaderos con vastos territorios a su nombre en la provincia de Buenos Aires, confirmando el poder de presión del sector sobre las esferas públicas. El otro primer mandatario del decenio, Marcelo T. De Alvear, quien dirigiera el país entre 1922 y 1928 representando también al partido radical, inclinó aún más la balanza a favor de los hacendados. Ni los créditos otorgados por el Banco Hipotecario alcanzaron a beneficiar, al menos en la medida de lo esperado, a los pequeños productores del campo: las deudas vencieron a los brazos y de la lucha por la tenencia de la tierra se recuerdan, en franco despropósito, los sudores y las lágrimas.

Para los obreros rurales, en cambio, la síntesis más amarga entre el trabajo a destajo y la violencia inscribe en la historia dos hechos que todavía mueven al escalofrío: las huelgas en La Forestal, en el norte de Santa Fe y sur del Chaco, desde 1919 y hasta 1921 y principios de 1922 le costó el fusilamiento a centenares de peones. “Son pocos los sobrevivientes de aquella primera época, con sus dos vertientes de leyenda: una dorada, otra sombría”, narraba el periodista y escritor Rodolfo Walsh acerca del primero, desnudando un pasado de furia desde sus caras y sus cruces.

En plena pampa gringa, los testimonios que dicen de las viejas labores trascienden ese difuso límite. El dirigente cordobés Miguel Contreras contaba que aquellos eran los días en que “se trabajaba con bolsas de 70 kilos y había que ser muy fornido. Y como no había horario se empezaba a la mañana y se dejaba a la noche”. Las consecuencias de tales esfuerzos tampoco escapan al relato. El propio Contreras se encargó de hacer saber que “se pedía que se llevara a los enfermos al pueblo. Porque uno se enfermaba y ahí nomás quedaba”.

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