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los hombres de la bolsa

Publicado por revistapostales en Diciembre 21, 2007

No es para asustar a los pibes que no toman la sopa pero los hombres de la bolsa existieron más allá de la leyenda que los mostraba harapientos y siempre listos a raptarnos por no hacer la tarea o resistirnos a dormir la siesta. Durante décadas la pampa debió padecerlos, y no precisamente como horribles fantasmas, sino como prolijos representantes de la rapiña y el monopolio.

Un estudio que data de 1904, realizado por Hugo Miatello bajo el título “Informe agrícola en la provincia de Santa Fe”, denunciaba la entrada de envases de arpillera al país a un precio mucho menor que el que finalmente se pagaba en las chacras. El “tome y daca” de las bolsas seguía viento en popa hacia 1910, cuando Emilio Lahitte elaboraba su diagnóstico para el Ministerio de Agricultura de la Nación: “…algunos especuladores introdujeron del extranjero, vacías y como de retorno, las mismas con que habían salido los cereales; la ley los favorecía y resultó un buen negocio”, explicaba el autor.

La fecunda empresa no detuvo allí su marcha, es más, a fines de la década de 1930 la concentración llegó a su punto máximo. Al estallar la guerra en Europa, Inglaterra abandonó la elaboración de yute y las bolsas de arpillera pasaron a ser elementos escasos y costosos. Ni lerda ni perezosa, la firma Bunge & Born se hizo cargo de los talleres que desde las cercanías de Buenos Aires empezaron a confeccionar envases en una jugada exclusiva: importar de la India arpillera cortada, armar bolsas sin realizar más trabajo que el de la costura y vender el producto a precios que, por supuesto, poco tenían que ver con los gastos que este proceso insumía. La ganancia fue abultada y hasta los cuentos que daban terror parecieron beneficiarlos: allí, los hombres de la bolsa se comían a los chicos crudos, pero cometían el error de no cuidar las apariencias.

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