el gran macaneador
Publicado por revistapostales en Julio 28, 2008
existe un personaje que conoce la como nadie. Cminante callejero, chanta, embaucador, pero querible. Algunos lo cruzan y no le prestan atención. El hombre es un artista de la venta ambulante, y se banca la indiferencia de la gente que pasa sin escucharlo. Recuerda con nostalgia otros tiempos; cuando con una mesita y un pelapapas, convocaba una ronda a su alrededor y el público presenciaba el espectáculo.
Las papas eran peladas sin desperdicio, y la velocidad de sus manos llenaba de asombro a quienes se detenían a escuchar su verborragia: “… Señoras y señores, les ofrezco un producto único, confeccionado con el mejor acero alemán… Vean ustedes como sucumbe la piel de la papa sin desperdiciar un milímetro del noble tubérculo. Esto no es casualidad. Es obra de un afilado que se ssotiene inalterable con el paso de los años. Este es un produto que se hareda por generaciones. Usted no lo encontrará en otro lugar. Y por si fuera poco, hoy y solo por hoy, la señora y el señor se lleva de regalo un tirabuzón al que no hay corcho que se le resista…”. Un par de cómplices del vendedor que merodeaban el lugar, tiraban la carnada, apurando sus pedidos: “… Deme uno…”, “… Otro paramí…”, y así la gente entusiasmada, los señores revisaban la billetera, y pensaban que no estaría nada mal caerle en casa a la patrona con el súper pelapapas… Después de dos o tres días, el acero alemán no cortaba ni el agua, y el sacacorchos se había quebrado después de la segunda botella de tinto.
Cuando usted volvía a la esquina con los restos del pelapapas y el tirabuzón para documentar la estafa, comprobaba con desazón que el vendedor ya no andaba por ahí. Seguramente estaba por alguna placita con un paro Donald que caminaba, levantaba las patitas y saludaba, todo gracias a la mágica habilidad de las manos de este Yepeto callejero que con una tanza imperceptible podía dar vida a cualquier muñeco. La señora volvía a su casa tratando de contener el apuro de su hijo que la arrastraba ansioso por la calle. Entonces, todo el entusiasmo se caía a pedazos cuando la tanza se convertía en una madeja imposible de desenmarañar, y el pato Donald quedaba de rodillas, como herido de muerte.
Este artista callejero está casi en extinción. Hoy hay puestos algo más organizados que ofrecen múltiples productos. Desde una remera de fútbol, pasando por el porta documentos, el juego de llaves tubo y el gato hidráulico… Ya quedan pocos profesionales de los que se tomaban el tiempo para hacer creíble las bondades del artículo, pero no es lo mismo. Le falta el marco teatral, esa cosa de reunión callejera, de convocatoria espontánea. Y aún sabiéndolos embaucadores, chantas y atorrantes, uno los extraña.
Aunque también es cierto que muchas veces nos encontramos rodeando al televisor, como en una plaza, escuchando anuncios de mejores tiempos que llegarán de la mano de las nuevas medidas que por fin involucrarán a quienes siempre estafaron a la hora de repartir la alegría. Es ahí, cuando nos viene a la memoria aquel pelapapas de acero alemán que se quedaba sin filo después del tercer día.