Revista Postales

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las malas palabras

Publicado por revistapostales en Julio 30, 2008

divorciadas en los discursos oficiales y en los manuales de estudio, las palabras solidaridad, economía y política vuelven a enlazarse desde la experiencia de quines hacen de ellas una herramienta de futuro. Una manera de producir y respetarse más allá de las reglas y el lenguaje de los grnades ganadores.

sentidos

Es una verdadera lástima, pero si armáramos un diccionario con las palabras más desprestigiadas durante los años noventa los términos política y economía se llevarían un par largo de líneas. Porque se sabe: abandonadas al uso de unos pocos, ambas dejaron de ser el credo de las mayorías para alimentar, por un lado, los discursos de los entendidos en finanzas y flexibilizaciones y reconversiones y, por el otro, la llamita de lo que buscaron abrir un camino más acá de las leyes de mercaso.

De los primeros no hay mucho que agregar. Pilas de papel prensa los acompañan a riego de informar siempre lo mismo: las bondades en cifras de lo que en casa nunca sucede. De los segundos hablan los segundos, recuperando el sentido de una yunta de palabras: política y economía como asunto de todos.

mi mataburro mejor

Juan Silva es sociólogo y docente de la materia Economía Social y Solidaria en la Universidad de Buenos Aires. Parece un tipo amable, aunque la historia que comparte con postales espante a más de un vocinglero de la sangre y el olvido público: “el modelo imperante en los últimos 30 años, digamos desde la dictadura, impulsa un proyecto excluyente de grandes sectores de la población. Estos sectores empiezan a buscar alternativas de sobrevivencia ya que el Estado no les da ninguna respuesta y cada vez menos oportunidades de vincularse al mundo del trabajo. Este fenómeno, que lleva un germen de transformación muy fuerte, plantea desafíos muy serios: nuevas maneras de producir, distribuir, consumir y acumular de forma solidaria”.

Confieso que la sola invocación de esta palabrita, solidaridad, suena a verdadera apuesta tratándose de esa desciplina que es la economía, generalmente fría a la hora de nombrar la realidad y con frecuencia vedada a los burracos como uno que, así y todo, formamos una parte nada desdeñable de la cadena productiva. Por suerte, Lina Capdevila, que es bien resuelta y no retacea esperanzas, me aclara de qué viene la cosa a partir de su experiencia en el Mercado Solidario 20 de Diciembre, en Rosario: “desde hace dos años estamos trabajando en economía social con un mercado de trueque. Formamos parte de un movimiento que es muy diverso y que creemos tiene unas perspectivas enormes, fundamentalmente porque la base de las sustentación de estos emprendimientos es la resistencia a la exclusión. Tenemos emprendimientos de licores, cerámica, dulces, servicios de obra, servicios informáticos. Tenemos vinculación con una casa para la cultura que tiene distintas actividades: talleres, acrobacia, teatro. Consideramos que el intercambio tiene que ser más amplio que el mero intercambio de harina por porotos”, dice.

aprender con el otro

Los caídos del catre debemos reconocer que la propuesta, en sí, es interesante. Digamos, esta idea de que el otro y uno y los dos juntos podemos ser motores de una economía participativa sin necesidad de tener que sembrar papas, con todo lo que eso implica e insume, vendérselas a un intermediario a dos mangos para que éste las coloque a diez, otro las haga circular a 20 y las mismas papas, en envase de color y fritas, terminen brillando en una góndola a 40. El ejemplo es claramente arbitrario, pero no menos representativo.

En las antípodas de esa práctica, Lina Capdevila sostiene respecto del mercado solidario: “el productor viene con sus productos y no queda por fuera del trato, sino que es artífice del trato. En este mercado, como es de forma voluntaria la participación y el sostenimiento de la moneda, que es propia, el productor es agente principal de ese trato y es capaz de modificarlo cuando quiera”, afirma.

palabras, proyectos, países

Resaulta increíble. Tanto tiempo después de Martínez de Hoz y la tablita, no tanto del alfonsinismo y la “hiper”, mucho menos de Cavallo y la convertibilidad, las palabras prohibidas resisten. Vapuleadas, negadas, desmentidas en los foros del librecambio, resisten. Y resisten porque el país que definen también está ahí, esperando ser a partir de ellas: país solidario, muy a pesar de las horas que faltan para que la fraternidad sea un valor económico reconocido, o el cimiento de una política de inclusión bien entendida. “Se ha naturalizado que la exclusión es necesaria y que los costos laborales son los que hay que reducir para ser competitivos, y esto ha creado un espacio donde sólo sobreviven los tiburones. Pero estamos frente a la posibilidad de construir un nuevo paradigma, de introducir el concepto de solidaridad para que la economía funciones al servicio de los hombres”, enfatiza Juan Silva. Y yo anoto, feliz y maldito, como el pibe que aprende a insultar.

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