ríndete huguito, estas rodeado
Publicado por revistapostales en Julio 30, 2008
éramos una banda de delincuentes. Las baldosas temblaban al vernos pasar. Las caras sucias, el pelo enmarañado, cueritos en las rodillas del pantalón que quedaban como testimonio de encarnizadas disputas de bolitas y “figus”. Andábamos armados hasta los dientes. Todo tipo de granadas, ametralladoras con luces, gomeras, piedras que llevábamos en los bolsillos, un globo amarrado a un rulero y bolsitas con venenitos que nos proveíamos del paraíso de Doña Elvira…
Solíamos turnarnos los oficios de ambos lados de lay. Una vez de ladrón y otra vez de policía. Al Capone y Eliot Ness. Ese era el acuerdo. Sólo había licencia para uno de nosotros, el Huguito. Nunca le fue la de hacerla de botón. Vaya uno a saber por qué extraño sentido de la vocación, se negaba a creer en los héroes de historieta y se sentía más a gusto del lado de los bandidos. Un pibe muy inteligente, callado, chiqito, pero con mucho aguante. El sólo era capaz de hacerle frente a quien sea, incluso al mismísimo Esteban, un grandote que vivía en la otra cuadra y nos metía miedo de sólo nombrarlo. Planteábamos cuidadosamente los robos. Aunque muchas veces, cuando la cosa estaba en lo mejor, en el medio de un atraco, se oía “a tomar la leche” y entonces se salvaba el banco.
Con el tiempo y el acné nos llegó la adolescencia. La escuela secundaria, el cigarrillo, las minas de tinta y cartón, la chupina. Fuimos los dueños de la ciudad. Nos dejábamos crecer un bigote precario para entrar al Nilo a ver las prohibidas de 18. En los carnavales de Naútico, de Provincial, de Regatas, de Italiano, nos hacíamos de alguna novia y todo lo que importaba era llegar a la esquina al otro día para contar nuestras proezas nocturnas. El amos en esos días no era mucho más que eso.
La vida del Hugo lo llevó para otro lado. Ya no se sentía cómodo con nosotros. Saludaba desde lejos. Nos hablaba poco y nada. Se hizo de otros amigos. Frecuentaba chicas de wiskería, escolazo, y su mirada había perdido el bríllo que tenía la de aquel pibe de barrio Sarmiento. Las historias iban y venían por la cuadra; que lo vieron con la barra brava de Central, que hacía la noche en el centro cambiando por merca los pasacasetes, que la cana se la tenía jurada y tantas otras ocasa que, aseguraban, tenían que ver con la mala junta.
Nosotros, mientras tanto, estudiábamos o andábamos buscando laburo porque había que hacerse un futuro. Así decían los viejos que nunca dejaban de agregar: “mirá al Hugo, pobrecito”.
Dicen que esa mañana recién llegaba. Más o menos eran las siete cuando apareció el patrullero, y la escena se le debe haber mezclado con aquellos que habían sido nuestros juegos. Por eso nadie pudo entender que con el fierro en la mano, en lugar de correr y buscar la gambeta que lo ayude a escapar, trató de frenar al cana gritando “pido gancho”.
Los tipos no lo escucharon. Dicen también que el miedo cerró las puertas y las ventanas del aucerdo. El Huguito miraba con los ojos enrojecidos por el fumo, como esperando que se asome la vieja de alguno avisando que “la leche está servida”. Por eso debe ser que sonreía cuando se deslomó en la vereda. Sólo nosotros pudimos entenderlo, porque una de esas balas nos mató un poquito a todos los de la gavilla aquella.